miércoles, 5 de septiembre de 2012

Pablo Neruda y Las Cruces



Todos los admiradores de la vida y obra de Pablo Neruda, conocen su capacidad para vincularse sensualmente con su entorno.
En el libro “Odas Elementales” del año 1954, aparece su Oda al Caldillo de Congrio.
El poeme habría sido inspirada en nuestra vecina “El Quisco” en el Restaurant Chez Camilo, lo que UDS no saben, es que su afición por ese manjar tiene un episodio crucino.

En una fecha no precisada, Pablo Neruda, con un grupo de amigos, llega al Hotel “Las Cruces” para deleitarse con una de las especialidades de la casa: el caldillo de congrio.
Seguramente conoció la mano de monja de su dueña, Orfelina Álvarez, a través de las visitas realizadas seguramente para visitar a su amigo residente Roberto Falabella.

Saluda a doña Orfelina y parte el relato:

P. Neruda: “Querida Orfelina, vengo con un grupo de amigos a disfrutar el maravilloso caldillo de congrio que preparas en tu hotel, pero quiero que sea de tu mano”.
O. Álvarez: “Por supuesto don Pablo, no vamos a defraudarlo a UD ni a sus amigos” (doña Orfelina se dirige a la cocina).
O. Álvarez (dirigiéndose al cocinero):”Josesito, llegó don Pablo con un grupo de amigos. Por favor necesito el más fresco congrio colorado que dispongamos”.
Josesito: “doña Orfelina, no hay nada de congrio colorado, sólo queda congrio negro”.
O. Álvarez: “Que vamos a hacer, ya le dije que lo vamos a preparar y ya está animadamente conversando con sus amigos. Josesito, hay que salvar la situación, preparemos el caldillo con congrio negro”.

El caldillo fue servido, degustado y largamente alabado por los comensales. Llegó el momento de la despedida y Pablo Neruda se acerca a doña Orfelina y le comenta: “Te felicito; exquisito el congrio negro que nos serviste. Muchas gracias”.

*historia relatada por Manuel Uribe.


ODA AL CALDILLO DE CONGRIO


EN el mar
tormentoso
de Chile
vive el rosado congrio,
gigante anguila
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.
Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor
en una salsa
formada por el jugo
del océano
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio
y se sumerja en gloria,
que en la olla
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario
dejar en el manjar
caer la crema
como una rosa espesa,
y al fuego
lentamente
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa
lleguen recién casados
los sabores
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo.










1 comentario:

Patton Concha dijo...

Gracias don Patricio por rescatar estas históricas anecdotas.